Blanca P. Pando Leyva

Blanca PandoMi camino hacia al autoconocimiento inicia gracias a aquello a lo que todos tememos tanto: el dolor, la soledad, el desconsuelo y la decepción.  En aquel tiempo, como la mayoría de los jóvenes de mi generación, me habían enseñado que si hacía todo bien, es decir, si era una buena estudiante, una buena mujer, hacía ejercicio, me lavaba los dientes tres veces al día, no tenía faltas de ortografía, me bañaba diariamente y comía verduras, todo lo demás vendría por añadidura y tendría el éxito y la felicidad aseguradas. Esto en un mundo perfecto suena bastante razonable. Así que siempre me concentré en tratar de seguir estas reglas al pie de la letra.

Con el tiempo, me di cuenta que el seguir las reglas que habían enseñado mis padres para ser  feliz no estaban del todo completas dado que salí al mundo sólo para descubrir que existían allá afuera muchas personas que funcionaban con unas reglas muy distintas a las de mi familia.

En la medida que fui creciendo empecé a sentir cosas que nunca había sentido antes. Conocí el amor, pero también los celos, la traición y la soledad. Empecé a aprender de la generosidad pero también la avaricia, la codicia y la falta de reciprocidad. Supe que las cosas no eran eternas y la tremenda dificultad para la aceptación de los cambios. Empecé a darme cuenta que cada aspecto de la vida que tenía mucha luz venía acompañado en la misma medida por una sombra de gran obscuridad. Pude ver la humildad y el orgullo, la alegría y la tristeza, el amor, el odio, la indiferencia, el vacío interior, la abundancia, la pobreza, la riqueza, la mediocridad, la inteligencia, la estupidez todo eso incluido en una misma persona.

Por supuesto, todo esto me desconcertaba, dado que en mi pequeño mundo lo que yo alcanzaba a percibir era que las personas eran monotemáticas y que el mundo se dividía entre buenos y malos y que los buenos siempre eran buenos y los malos siempre eran malos y así mi mundo estaba dividido en dos lo de Dios y lo del Diablo y así todo parecía muy sencillo, pero cuál sería mi sorpresa al descubrir que eso no era verdad y que los seres humanos somos tan ricos que contenemos todo, luz y sombra, amor y odio y todas las tonalidades de colores.

Con este gran descubrimiento para mi mente pequeña empecé a leer libros y más libros para tratar de comprender a los seres humanos. Estudié incansablemente tratando de encontrar respuestas y mientras más las buscaba más se alejaban de mí. Tomé años de psicoterapia. Fui con brujos, chamanes, sanadores, meditadores. Transité por todas las religiones. Pero como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, un día sucedió un milagro en el que tuve una verdadera revelación y fue entonces cuando descubrí que las respuestas nunca se encuentran afuera sino dentro de ti y que no es hasta que no encuentras todos estos ingredientes dentro de ti y los integras y los llenas con la luz de la conciencia nunca te sentirás completo.

Desde entonces ese es mi camino, un camino para ayudarme a mí misma hacia la integración de todas mis partes y tratar de ayudar a otros a hacer lo mismo, la búsqueda de tu verdadero ser, un ser completo, rico y lleno de matices multicolores.

En este camino encontré maestros maravillosos, a los que por cierto estoy muy agradecida y que son tantos que tendría que llenar un directorio telefónico para poder mencionar uno a uno. Ellos me enseñaron como el universo es un gran espejo que sirve para verte y encontrarte en todas tus partes e integrarlas hacia la luz de la conciencia.

Ahora mi camino es enseñar a otros lo mismo que me enseñaron y que aprendí gastando miles de dólares y llorando ríos de lágrimas, asegurándoles que francamente nunca tenía que haber sido tan difícil, tan costoso, ni tan doloroso.